lunes, 25 de mayo de 2015

ULTRA TRAIL 101KM PEREGRINOS





No sé muy bien cómo empezar a escribir esta crónica, con la que me gustaría que disfrutaseis tanto como yo lo hice de la carrera. Intentaré no aburriros... ¡allá vamos!

El comienzo fue... ¡¡¡sencillamente alucinante!!! Imaginaos; allí estábamos más de 1000 deportistas, todos agrupados frente a un arco hinchable que anunciaba en letras bien grandes la ansiada SALIDA. Es cierto que no todos éramos corredores de ultra-trail (pues para los que no lo sepáis, esta carrera la disputan ciclistas y corredores de montaña a la vez) pero allí estábamos todos, envueltos por la música que caldeaba el ambiente, con los nervios a flor de piel y atentos al speaker encargado de animar la salida. De repente... ¡la cuenta atrás! Sí, sí, los 10, 9, 8, 7... y el corazón que daba un vuelco entre emoción y nerviosismo por poder estar ahí, a segundos de emprender una nueva aventura. Por mi cabeza pasaban las innumerables horas de entrenamiento para poder llegar a aquel momento y las ganas locas de disfrutar al cien por cien de la prueba que estaba a punto de comenzar. Al fin y al cabo, ese es el objetivo de un corredor como yo, disfrutar; total, como digo siempre... no caben más trofeos en las estanterías de mi casa... (jajajaja).

Con el aviso del silbato que ponía en marcha el crono decidí comenzar con mucha tranquilidad, desde los últimos puestos, disfrutando de todo. No quería perderme nada de lo que se estaba viviendo en la ciudad de Ponferrada, donde una gran cantidad de personas había salido a la calle para animar y aplaudir a todos los que nos atrevimos con este desafío. Entre todas esas personas estaban mis dos ángeles particulares, que me acompañan siempre que les es posible a cada una de las pruebas y retos personales que me propongo hacer, mi mujer y mi hija. Desde aquí les doy nuevamente las gracias por estar siempre a mi lado. No olvidéis que es muy importante agradecer cada detalle, porque ellos (los acompañantes) también hacen un gran esfuerzo.

Al llegar al avituallamiento de Toral de Merayo, creo recordar en el kilómetro 8, me hidraté y me comí el primer plátano (es increíble la cantidad de fruta que puedes comerte en un sólo día, realmente perdí la cuenta) decidí empezar a buscar mi ritmo de carrera y concentrar parte de mis energías en disfrutar de la experiencia. Era consciente de que iban a ser muchas horas en las que probablemente pasaría por diferentes estados de ánimo.

Recuerdo especialmente el avituallamiento de la localidad de Puente de Domingo Flórez, en el que después de 43 kilómetros de recorrido me cambié la camiseta por una de manga larga (según parecía, en la montaña que tocaba comenzar a subir hacía mucho aire, además de que la organización ya nos había advertido de que el cambio de las condiciones a partir de aquél punto iba a ser notable).

Y tanto que lo fue. Al retomar la carrera encaré una subida constante de casi veinte kilómetros. No era un desnivel uniforme, pero eso no le restaba dificultad. Esa parte de la carrera me resultó tan larga que llegué a la localidad de Ferradillo (en el punto kilométrico 71) totalmente seco. ¡Me faltaba de todo! No tenía agua, sentía muchísima hambre y mis fuerzas comenzaban a flaquear. Las piernas... ni recordaba en qué punto habían empezado a fallarme. Por suerte, mi cabeza seguía convencida de poder con aquello.

Quiero hacer un inciso aquí para remarcar que en ningún momento estoy criticando la organización de la carrera, de la que no tengo ninguna queja. He de decir que en este punto de la carrera incluso varios vehículos de la organización circulaban ofreciéndonos agua y barritas. Mea culpa... estaba tan obcecado en llegar al siguiente pueblo que sólo pensaba en hacerlo cuanto antes, sin "perder el tiempo". Aprendí a la fuerza uno de esos errores que pronto se pagan... y por qué dicen que las carreras de ultra distancia se corren más con la cabeza que con el cuerpo.

A pesar de todo, logré recuperarme en el avituallamiento de Ferradillo, donde me comí un bocata de pechuga de pavo con pan bimbo que me devolvió una buena dosis de energía. También recuperé la cobertura del teléfono móvil, después de un buen rato sin ella, y recibí la llamada del que podría llamar mi "escudero", al que tengo muchísimo que agradecer. Mi amigo Paulo, que estuvo durante toda la carrera pendiente de mí sin parar de darme ánimos y que tiene bien merecidas estas palabras de gratitud. Siempre has estado ahí cuando te he necesitado (y como ya te imaginarás, no me refiero sólo a esa carrera).

Y para que veáis que no miento, en el paso por el castillo de Cornatel (creo que sobre el kilómetro 79), ahí estaba de nuevo esperándome junto a su chica, Blanca. En ese punto los tobillos ya estaban demasiado cargados y, sinceramente, yo ya era consciente de lo que me iba a ocurrir no mucho más lejos, pero no quería ni pensarlo. Seguía centrado en disfrutar, alentado porque encaraba una buena tirada cuesta abajo, lo que pensaba que me haría avanzar más deprisa.

Así fue. 9 horas y 40 minutos después de la salida me encontraba en el kilómetro 80. Un ritmo demasiado bueno que me hacía soñar con llegar con luz diurna a la meta, aunque fuese con el último hilo de luz de aquel día.

Mis esperanzas se truncaron al finalizar aquella bajada que fue tan dura que me dejó sin juego de tobillos, incapaz de retomar el trote. Así dieron comienzo los 20 kilómetros más largos del día. Decidí desplegar los bastones y, descargando un gran peso en ellos, pude continuar la marcha caminando. Vamos, que me pegué una marcha nórdica (así creo que le llaman a ese deporte que consiste en caminar por la montaña con la ayuda de bastones) de nada menos que de 20 kilómetros.

Aunque albergaba una mínima esperanza de poder volver a iniciar la carrera no fue posible. Tuve que olvidarme de la idea de llegar a la meta con luz del día y desprenderme de la ilusión de ver despierta a mi niña. Recuerdo una llamada telefónica de mi mujer diciendo que la pequeña ya no aguantaba más y que decidían esperarme en el hotel. Al fin y al cabo era lógico, pues acabaría llegando a las 00:24 horas, tras un total de 15 horas y 24 minutos de carrera y cuando mi gps marcaba 109 kilómetros recorridos.

Cuando ya enfrentaba los últimos metros de montaña recibí otra llamada de mi amigo Paulo en la que me decía que me estaba esperando para acompañarme durante el último kilómetro de recorrido, justo antes de cruzar el puente de madera para recorrer el sendero del rio. Sí, allí estaba, a pesar de ser noche cerrada y más de las doce, para recorrer conmigo ese último tramo. Después de horas de carrera solo, en las que los ánimos van decayendo y a cada momento se hace más duro... esa compañía tiene un valor inestimable. Muchísimas gracias otra vez, amigo.

Y finalmente... ¡Sí! Por fin divisaba el arco de llegada, por fin mis ojos alcanzaban a ver el lugar donde finalizaría, por el momento, mi aventura. Y... sí, las pulsaciones volvían a subir, y aunque el dolor no había desaparecido, supe que tenía que cruzar aquel arco corriendo. Lo hice. Empecé a correr de nuevo, y al acercarme a mi ansiado objetivo no pude creer lo que estaba viendo... Allí estaban, mi mujer y mi niña, a sus quince mesecitos, aún despierta esperando a que su papá cruzara la meta (colgaré una foto que así lo demuestra). Muchas gracias Patri por hacer posible ese momento que para mí fue increíble; el mejor momento sin duda, ese en el que dices "sí, sí que vale la pena", en el que se te olvidan todos los dolores, todas las cosas malas del día, y rompes a llorar como un niño.
                                                                                   
Y no quiero terminar este relato sin dar las gracias a todos esos deportistas, amigos y conocidos que fueron a recibirme también a la meta. Ellos habían decidido hacer la ruta en la modalidad de BTT y pese a haber terminado sólo unas horas antes, no dudaron en volver a la línea de meta para esperar mi llegada. Muchísimas gracias a todos; estas cosas hacen grandes estas pruebas. ¡Sois muy grandes! GRACIAS.






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